A lo largo de los años, distintos especialistas en economía, psicología y sociología han debatido sobre posibles explicaciones. Una hipótesis sugiere que la obediencia proviene del temor a represalias. Otra señala un interés en mantener una buena reputación. También se plantea que el respeto a las normas surge del deseo de no perjudicar a los demás.
Sin embargo, una reciente investigación indica que hay una razón más fundamental que subyace a esta conducta. Muchos sienten que las reglas deben ser cumplidas simplemente porque están establecidas.
El estudio involucró a 14.034 participantes a través de cuatro series de experimentos y presentó un modelo denominado CRISP, que abarca cuatro fuerzas explicativas del cumplimiento: respeto intrínseco por las normas, incentivos externos, expectativas sociales y la consideración del bienestar ajeno.
Para diferenciar estos factores, los investigadores crearon una situación artificial. Los participantes debían mover un círculo en una pantalla hasta alcanzar un objetivo, obteniendo una recompensa económica en función de la rapidez.
Durante la tarea, se presentó un semáforo. Las instrucciones indicaban que debían esperar a que cambiara de rojo a verde. No obstante, había un truco: no existía una obligación de hacerlo.
Los participantes podían cruzar de inmediato, adelantarse y ganar más dinero. Realizaban la actividad de manera anónima y sin causar daño a otros al desobedecer. A pesar de esta libertad, una mayoría eligió esperar.
Dependiendo de las variables experimentales, entre el 55% y el 70% de los participantes optó por el cumplimiento, incluso sacrificando una parte significativa de sus posibles ganancias.
Para los investigadores, este comportamiento evidencia que el temor al castigo o el deseo de ayudar a otros no son suficientes para explicar la adherencia a las normas.
El estudio también reveló que este respeto interior coexiste con la percepción de lo que se espera socialmente. Cerca del 80% de los participantes consideró que obedecer la regla era apropiado, mientras que aproximadamente el 90% consideraba que ignorarla era en parte inapropiado.
Esto ocurrió a pesar de que se trataba de una norma arbitraria dentro de un experimento, lo cual no producía víctimas. La mera existencia de una regla generaba una expectativa sobre lo que “se supone” que debe hacerse. Además, los investigadores descubrieron que observar a otros incumpliendo podía tener un efecto contagioso.
En una fase adicional, algunos participantes fueron testigos de cómo compañeros supuestamente cruzaban el semáforo sin esperar. Bastó la presencia de un único infractor para que la probabilidad de obediencia disminuyera notablemente.
Incluso si seis compañeros desobedecían, alrededor del 55% de los participantes aún cumplía con la norma bajo ciertas condiciones. Es decir, la desobediencia grupal aumentaba la infracción, pero no eliminaba completamente la tendencia a respetar la norma.
Además, esta experiencia podía haber un impacto duradero. Aquellos que habían visto a otros saltarse la norma mostraron una mayor propensión a desobedecerla en tareas posteriores realizadas en solitario.
El estudio también identificó un grupo de individuos que respetaban las reglas sin importar lo que hicieran o pensaran los demás. Para los investigadores, estos participantes representan la forma más clara de respeto intrínseco hacia una norma.
Esto no implica que todas las reglas sean justas o que la obediencia sea siempre lo deseable. Sin embargo, el estudio revela un aspecto fundamental de la conducta humana: muchas veces no se requiere supervisión, vigilancia ni amenazas para adherirse a las normas.









