Lejos de la mesura que debería caracterizar a un mandatario, el presidente dejó claro su enfoque respecto al debate público al expresar con inquietante sinceridad: “Me parece que a veces no puteamos lo suficiente a los periodistas; decirles que son basuras corruptas es poco”.
Sin embargo, ante el espectáculo de un presidente que usa la agresión verbal como método de gobierno, la reacción del Parlamento resulta curiosamente selectiva. Mientras el máximo líder del país arrastra el discurso institucional hacia la vulgaridad, algunos legisladores oficialistas, como la ex progresista y actual libertaria Silvana Giudice, junto al barilochense Sergio Capozzi, concentran su energía en gestionar la expulsión de Juan Grabois del Congreso, argumentando que “habla en tono desmesurado y profiere agravios”.
Esta situación sugiere una contorsión moral y un ejercicio de desvergüenza que solo encuentra un igual en la actitud casi inalterable de Luis Caputo al defender el ajuste. Así, la expresión del ministro de Economía se asemeja a un similar nivel de cinismo.
Un conocido general advirtió en su momento que “cuando a los pueblos se les agota la paciencia, suelen hacer tronar el escarmiento”. Muchos argentinos deseamos “escuchar el ruido del trueno que venga a sacudir a los malvados, porque en ese instante, la tormenta deja de ser una molestia y se transforma en una sinfonía celestial que quiebra la soberbia, el cinismo y la violencia de los malos, otorgando a su vez una tonalidad cálida a un canto de justicia”.
Tal como los ciclopes de la Odisea, que poseían un solo ojo en el medio de la frente y vivían al margen de la civilización, ajenos a las leyes y a las instituciones, representando todo lo opuesto a una vida ordenada.









