El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) publicado por el Banco Central expone una coyuntura económica marcada por una dualidad crítica: la consolidación del proceso de desinflación frente a una dinámica de actividad que muestra signos de fatiga. Mientras que los agentes financieros validan la efectividad de la política monetaria para anclar los precios, surge una suerte de “paradoja” económica: el mercado celebra la convergencia nominal de las variables, pero alerta simultáneamente sobre el costo de oportunidad en términos de crecimiento real. Esta validación de la estrategia de desaleración inflacionaria se produce en un contexto donde la recuperación del Producto Bruto Interno (PBI) enfrenta mayores resistencias de las previstas originalmente.
La trayectoria de precios continúa su sendero descendente, con un mercado que proyecta para julio una variación mensual del 2%. Un dato clave que refuerza la credibilidad del programa es la inflación núcleo, la cual los analistas sitúan en un 1,8% (-0,1 p.p. respecto al relevamiento anterior), evidenciando que la limpieza de precios relativos no está contaminando el corazón de la canasta. Con este esquema, la expectativa para el cierre de 2026 se ha perforado por debajo del 30% anual, ubicándose específicamente en el 29,8%. En este sentido, el desempeño del “Top 10” —el grupo de consultoras con mayor precisión predictiva— actúa como un sólido termómetro de credibilidad, al estimar un IPC de 1,9% para julio, situándose incluso una décima por debajo de la media del mercado general.
En contraste con el éxito en el frente nominal, la economía real ha experimentado una corrección a la baja en las proyecciones de actividad. El REM redujo la expectativa de crecimiento promedio para 2026 al 2,7%, una poda de 0,4 p.p. respecto a la medición previa. El análisis trimestral desglosado permite observar el “valle” de la actividad: se estima una contracción del PBI ajustado por estacionalidad del 0,4% en el segundo trimestre (Q2), seguida de un repunte moderado del 1% en el tercer trimestre (Q3). Esta corrección sugiere que el mercado percibe una actividad económica más moderada, donde la salida de la recesión se produce con una pendiente menos pronunciada de lo anticipado, condicionada por la restricción en el consumo y la inversión.
El esquema cambiario y financiero se encamina hacia una etapa de mayor previsibilidad. Los analistas proyectan que el dólar oficial cerrará el 2026 en torno a los $1.652, lo que representa una suba interanual del 14,1%. Esta cifra resulta significativamente inferior a la inflación proyectada, lo que implica una validación de facto del esquema de deslizamiento cambiario (crawling peg) vigente y un uso del tipo de cambio como ancla nominal. En paralelo, la tasa de interés TAMAR de bancos privados muestra señales de estabilidad, proyectándose en un 22,4% nominal anual para agosto y un 22,2% para el cierre del año. Este horizonte de tasas reales estables busca equilibrar el incentivo al ahorro en moneda local sin asfixiar el financiamiento necesario para la reactivación productiva.









