La ciencia sostiene que lo extranjero no es un elemento ajeno, sino que constituye una parte fundamental de nuestra propia herencia genética. Un informe al que se tuvo acceso destaca que el mito de la homogeneidad en realidad corresponde a una mezcla de cuatro orígenes.
Históricamente, la construcción de la ‘argentinidad’ ha sido conceptualizada como un ‘crisol de razas’. Sin embargo, los análisis genéticos actuales permiten cuantificar con precisión esta mezcla cultural y biológica.
De acuerdo con datos proporcionados por el Dr. Adrián Turjanski, investigador del CONICET y director científico de Gen360, la distribución genética de la población argentina refleja esta diversidad.
Estos descubrimientos validan la idea de que la identidad nacional es el producto de una serie de migraciones y adaptaciones que desafían la clasificación de los argentinos bajo una única etiqueta.
Un aspecto crucial del debate contemporáneo sobre el racismo es la invisibilización de ciertos componentes genéticos. A menudo se pasa por alto, pero el legado africano es fundamental: cerca del 10% de los argentinos tiene algún grado de ascendencia africana.
Aunque este porcentaje se ha diluido a menos del 5% en el ADN individual a lo largo de la integración producida desde la época colonial, su legado sigue siendo un recordatorio de que las raíces africanas son parte integral de la historia nacional.
Además, la ciencia revela conexiones sorprendentes que vinculan a Argentina con lugares lejanos. Un ejemplo es que aproximadamente un 8% de la población presenta trazas de ADN provenientes de Bangladesh.
A pesar de su escasa representación en el promedio individual, estos datos demuestran que la noción de ‘lo extranjero’ es relativa, dado que las migraciones interconectaron a las poblaciones de maneras inesperadas mucho antes de los debates actuales.
Desde un enfoque científico, el racismo carece de fundamento biológico. Turjanski explicó que tanto la genética como la antropología evidencian que todos los humanos compartimos un origen común en África hace unos 200.000 años.
Las variaciones en características como el color de piel o de ojos son, en realidad, adaptaciones a diferentes entornos que ocurrieron en un período de entre 50.000 y 100.000 años.









