En este contexto, cuando son pocos los que logran sumergirse en un libro, las pantallas en los asientos o los dispositivos personales se han convertido en un salvavidas para distraerse, aliviar la ansiedad y acelerar la percepción del tiempo.
¿Cómo se configura este negocio? Lo que comenzó como un lujo ocasional en 1925, cuando un vuelo de la compañía Imperial Airways conectó Londres con París proyectando la película muda *The Lost World* para un grupo de pasajeros en cómodos sillones, se ha transformado en una industria global significativa que abarca tres áreas principales: la fabricación de sistemas de pantallas y conectividad, la curaduría y licenciamiento de contenidos, y la comercialización de estos servicios a las aerolíneas.
A este conjunto de entretenimiento a bordo se le conoce como “In-Flight Entertainment” (IFE) e incluye una variedad de películas, series, música y juegos, accesibles a través de pantallas o por wifi para dispositivos personales.
Las aerolíneas no pueden simplemente seleccionar una película al azar; requieren una licencia específica de “exhibición pública no privada” que se gestiona directamente con estudios, distribuidoras o agentes especializados. Estas licencias permiten la proyección en diversas rutas y suelen definir aspectos como el territorio, la plataforma, el periodo de exhibición, los idiomas y medidas de seguridad como DRM (cifrado digital) para prevenir la piratería.
En este marco, existen intermediarios especializados, conocidos como agregadores o distribuidores de contenido aéreo, que negocian estos contratos en nombre de las aerolíneas. Algunos de estos intermediarios ofrecen una amplia gama de contenidos comerciales en colaboración con estudios de Hollywood, mientras que otros se centran en cine independiente de calidad superior.
Los costos por título varían significativamente y se negocian individualmente, en paquetes (bundles) o de manera personalizada. Las tarifas dependen del estudio, del tamaño de la aerolínea y de si el título es un estreno reciente o parte de un catálogo. Algunas aerolíneas optan por modelos de pago por visualización, donde se factura cada vez que un pasajero reproduce la película, en lugar de pagar solo por la disponibilidad.
En la actualidad, las aerolíneas internacionales más grandes pueden gastar más de US$90.000 por la licencia de una sola película durante un par de meses, ofreciendo en promedio hasta 100 títulos al mismo tiempo, en comparación con los 10 o 12 de hace dos décadas. Algunas compañías invierten hasta US$20 millones anuales en este tipo de contenido, compitiendo entre sí por ofrecer catálogos de entretenimiento diferenciados, como es el caso de Emirates, que es conocido por sus grandes presupuestos en este rubro. Promediando, una película que costó más de US$100 millones puede generar ingresos cercanos a US$2,7 millones gracias a las aerolíneas.
Aerolíneas Argentinas utiliza un sistema denominado Bravo! y, en viajes hacia Europa, su catálogo incluye más de 60 películas, 150 episodios de series, 100 canciones, contenido infantil y el inigualable mapa de ubicación que permite a los pasajeros saber en todo momento su ubicación y el tiempo que falta para llegar a destino.
Las aerolíneas, además, suelen establecer una “ventana de exhibición temprana”. Esto implica que organizan contratos exclusivos para acceder a películas antes de su estreno en salas o plataformas de streaming en ciertos mercados, recibiendo en algunos casos las películas poco después de su paso por cines. Generalmente, las películas comienzan a estar disponibles en los sistemas de a bordo entre dos meses y medio y tres meses después de su estreno. Coordinar esta ventana entre múltiples estudios y regiones es un desafío, ya que cada uno tiene sus propios formatos de contrato y métodos de reporte de visualizaciones, lo cual puede demorar entre 4 y 12 semanas en cerrar acuerdos. Por ello, estudios como Disney, BBC Studios, Paramount y Sony están trabajando en un estándar común para simplificar estos derechos.
Por ejemplo, *La Odisea* de Christopher Nolan, que llegó a las salas en julio, estará disponible en los sistemas de entretenimiento a bordo aproximadamente entre noviembre y diciembre de 2026, dado que Universal Pictures confirmó su lanzamiento digital para el 17 de noviembre. Aunque no reemplaza la experiencia cinematográfica original, para aquellos que no han tenido la oportunidad de verla, significa casi tres horas de entretenimiento asegurado.
Además, dado que en un vuelo coexisten pasajeros de diferentes edades, culturas y sensibilidades, el contenido que incluye lenguaje soez o desnudos puede disminuir el interés de las aerolíneas por pagar por esas películas, mientras que cualquier trama relacionada con accidentes aéreos suele ser excluida de las negociaciones. Esto explica la existencia de versiones “editadas para aerolíneas” que son más “suaves” que sus originales. Películas como *Buenos Muchachos* de Martin Scorsese serían imposibles de editar sin perder su esencia, haciéndolas inviables comercialmente.
Se estima que, hace diez años, el mercado dedicado a películas para IFE tenía un valor aproximado de US$425 millones, con cerca de 200 aerolíneas comprando contenido y un pedido promedio mensual de alrededor de US$175.000. En la actualidad, según diversas fuentes, el mercado total está valorado en cerca de US$8.000 millones, con proyecciones que apuntan a US$10.000 millones para 2027 y US$30.000 millones para 2035.
Con la vista en este futuro tan prometedor, muchas aerolíneas están optando por eliminar pantallas fijas, ofreciendo únicamente wifi. Este wifi de IFE es una red cerrada que se conecta al celular, tablet o computadora a través de la señal del avión y, en su mayoría, requiere que el pasajero descargue una aplicación antes de embarcar. Esta red es gratuita, pero solo permite acceder al contenido almacenado en un servidor dentro de la aeronave, sin conexión a internet ni posibilidad de navegar en Google, usar redes sociales o enviar mensajes.
Curiosamente, el contenido más consumido por los pasajeros no son las películas, series o música, sino el mapa de ubicación. Delta, por ejemplo, informó que el mapa es el contenido más utilizado en su sistema Delta Studio, con un 45% de los pasajeros interactuando con él en cada vuelo.
Estudios indican que el mapa engancha por varias razones, que son bastante lógicas. En primer lugar, actúa como una herramienta que ayuda a controlar la ansiedad. Una viajera frecuente comentó que mantiene el mapa abierto durante un vuelo de 14 horas, especialmente durante las turbulencias, para chequear altitud y velocidad. “Es una forma de calmar la ansiedad de volar sin saber lo que está pasando”, explicó. También puede tener un efecto casi meditativo. Duncan Jackson, presidente de FlightPath3D (que provee mapas a más de 90 aerolíneas), afirmó que “hay fanáticos del mapa. Les gusta saber dónde están, cuánto falta y cómo avanza el plan de vuelo. Para algunos, observar ese ícono desplazándose lentamente sobre el océano es casi zen”. Además, los datos que maneja FlightPath3D muestran que el 68% de los pasajeros revisa el mapa en algún momento del vuelo, mientras que un 20% lo observa exclusivamente, con una media de 52 minutos de visualización. Según un estudio de la Universidad de Lund para Etihad Airways, los mapas proporcionan orientación y una sensación de control, abordando “algo cognitivo más profundo”.
Este fenómeno ha llegado incluso a viralizarse en redes sociales, donde algunos viajeros comparten videos de vuelos enteros sin películas, música o conexión, dedicándose solo a observar el mapa.









