A inicios de la década de 1990, el régimen de Saddam Hussein emprendió masivos proyectos hidráulicos que desviaron el agua y drenaron gran parte de estos terrenos. El cambio fue vertiginoso: solo nueve años después, más del 90% de la superficie original se había secado, convirtiendo gran parte del antiguo humedal en desierto salino.
Las imágenes satelitales de antes y después evidencian a simple vista la transformación: donde antes predominaban agua y vegetación exuberante, pocos años más tarde emergía un vasto paisaje marrón y casi seco.
Las marismas se extendían en la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates, principalmente en el sur de Irak y de manera parcial en territorio iraní. En la década de 1970, ocupaban cerca de 20.000 kilómetros cuadrados, compuestos por lagos, humedales y juncales.
Además de su valía ambiental, esta área estaba íntimamente ligada a la vida de los denominados Árabes de las Marismas o Ma’dan, comunidades que durante generaciones establecieron allí su forma de vida, centrada en la pesca, la agricultura y la crianza de búfalos.
La región también constituía un hábitat clave para aves migratorias, peces y otras especies adaptadas a este ecosistema único en medio de una porción de tierra mayormente árida.
La rapidez de esta transformación fue notable. Para el año 2000, más del 90% de la superficie que ocupaban las marismas había desaparecido, dejando una estela de desierto árido.
Un informe de Naciones Unidas publicado en 2001 indicaba que quedaban menos de 1.300 km² de humedales, de los 15.000 a 20.000 km² que existían previamente.
No obstante, las repercusiones trascendieron el mero paisaje. La pérdida de agua devastó hábitats esenciales para diversas especies, impactó las poblaciones de peces y puso en riesgo las rutas de muchas aves migratorias.
Además, la crisis ambiental estuvo acompañada de una severa crisis humanitaria. La organización internacional también alertó sobre el efecto de la extinción de las marismas en las pesquerías del norte del Golfo Pérsico.
Las comunidades que dependían de este ecosistema para pescar, cultivar, criar animales y trasladarse perdieron la base de su existencia.
Un estudio del Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos estimó que el drenaje de alrededor del 90% de las marismas provocó el desplazamiento de entre 200.000 y 250.000 Ma’dan.
Es importante señalar que la reducción de las marismas no comenzó solo en 1991; desde años anteriores, la construcción de represas y varios proyectos hidráulicos ya habían mermado el caudal que llegaba a ellas.
Sin embargo, tras la Guerra del Golfo y los levantamientos de 1991 contra el régimen de Saddam Hussein, el Gobierno iraquí impulsó grandes obras para drenar directamente los humedales.
El Gobierno argumentó que parte de estas iniciativas estaban vinculadas a proyectos de recuperación de tierras. Sin embargo, investigaciones posteriores descubrieron que había también un objetivo político y militar: expulsar a poblaciones vistas como hostiles al régimen y eliminar un espacio que servía de refugio para opositores.
Pero la historia no concluyó con la extinción de los pantanos. Después de la caída del régimen de Saddam Hussein en 2003, los habitantes de la región comenzaron a destruir y modificar las infraestructuras de drenaje para permitir que el agua fluyera nuevamente.
Esa misma temporada también se verificó un aumento en las precipitaciones y un incremento del caudal de los ríos, lo que facilitó la rehidratación de algunas áreas.
En agosto de 2005, Naciones Unidas estimaba que aproximadamente el 37% del antiguo humedal había sido restaurado, alcanzando el 50% durante las inundaciones de primavera.
A pesar de la mejora, las Marismas de Mesopotamia no regresaron por completo a su estado original y actualmente enfrentan severas presiones.
En 2026, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente advirtió sobre una de las sequías más severas del último siglo en los humedales, sumando a esto la extracción excesiva de agua, temperaturas extremas y contaminación.
La experiencia de las Marismas de Mesopotamia es un claro ejemplo de cómo la intervención humana puede transformar drásticamente un paisaje en un periodo muy breve.









