En este escenario, Diego Santilli ha asumido nuevas funciones. Su papel se amplía en un gabinete que requiere más que una mera coordinación política. Proveniente del peronismo y con un pasado en el macrismo, Santilli encaja en una estructura marcada por un discurso incendiario derivado del paso de Adorni. Los ministros se encuentran bajo una nube de términos hostiles, y la Casa Rosada se ve obligada a reconstruir una narrativa de gestión que ha perdido fuerza ante el estruendo de la crisis.
El desafío para Santilli es considerable, ya que no es una figura nueva en la conversación política. Su aparición en redes sociales, aunque menos intensa que la de Adorni, no ha sido inmunizada ante la crítica, lo que genera una paradoja en su reputación. Santilli toma control en un ámbito donde aún persisten las sombras del escándalo y las decisiones que tome pueden reactivar un debate que el Gobierno necesita desescalar.
La salida de Adorni representa una oportunidad para mitigar algunos de los daños, pero no se limita a la mera sustitución de una persona. La Casa Rosada debe cambiar el ambiente que rodea a sus funcionarios, bajar la intensidad de la crítica y reestablecer la agenda pública con temas que sean asociables a una gestión. Así, Santilli no solo se ocupa de organizar el gabinete, sino que está en la tarea de rescatarlo de la mala reputación que lo envuelve.
Manuel Adorni monopolizó la discusión sobre el gabinete en las redes sociales, especialmente tras el estallido del escándalo que lo involucró. En su despedida, su figura concentró casi el 70% de las menciones sobre los ministros, superando con creces a Luis Caputo, Karina Milei y los demás miembros del Gobierno. Este dato refleja una situación que va más allá de un mero aumento en la visibilidad.
A medida que se intensificaba el escándalo, Adorni dejó de ser un participante más del gabinete y se transformó en el foco de una narrativa política adversa. Con un rechazo que llegó a rozar el 90%, se configuró un contexto repleto de términos negativos como error, escándalo, y corrupción. Este léxico no solo describió un conflicto intenso, sino que contribuyó a crear un clima pesado en el que la gestión quedó desplazada.
La crisis alrededor de Adorni afectó un aspecto crucial de la identidad del Gobierno, ya que su figura no solo representó una mala reputación, sino que cuestionó el relato de pureza política que Javier Milei había prometido como una distinción. Santilli se enfrenta al reto de disipar ese fantasma en su nuevo rol. Aunque la salida de Adorni podría suavizar la asociación inmediata entre su nombre y el Presidente, el cambio no será automático. Las crisis en redes persisten hasta que una nueva agenda se apodere del centro de la gestión.
La Casa Rosada requerirá de más que un simple reemplazo; necesita un nuevo enfoque narrativo. Durante junio, Santilli fue un actor secundario en el contexto presidencial, obteniendo solo el 4,1% de las menciones. El contraste con Adorni es evidente: el ex jefe de Gabinete concentró casi el 70% de las menciones, mientras Santilli fue apenas un observador.
Este perfil bajo, sin embargo, podría ser una ventaja para el Gobierno, ya que su llegada no está marcada por la sobre exposición que convirtió a Adorni en un foco de negatividad. Aunque no hereda una centralidad que le permita desplazar a Milei, su situación es, al menos, menos problemática que la que dejó su predecesor. En un análisis de desempeño, Santilli se encuentra en una mejor posición, aunque todavía opera dentro de valores negativos.
Figuras de buen desempeño son limitadas, y el nuevo jefe de Gabinete se sitúa detrás del ministro de Defensa y la vicepresidenta en cuanto a percepción pública. A pesar de comenzar su gestión con una reputación menos dañada, Santilli no cuenta con un respaldo sólido. Asume un rol en un gabinete con serios problemas de imagen, pero sin un blindaje que lo proteja de la crítica.









