La investigación, realizada por la Universidad de San Andrés y OSDE, reveló hallazgos significativos. Los encuestados que afirmaron mantener una alimentación saludable reportaron un bienestar notablemente superior al de aquellos que consideran que sus hábitos alimenticios son inadecuados. Este patrón se repite en otros aspectos: quienes practican actividad física se sienten mejor que quienes son sedentarios, quienes duermen al menos ocho horas se encuentran en mejor estado que quienes descansan menos de seis, y quienes acceden a espacios verdes tienen un bienestar superior a aquellos que tienen escaso contacto con la naturaleza.
Uno de los aspectos más relevantes del estudio radica en la importancia de las relaciones interpersonales. La investigación subraya que las interacciones familiares y sociales son cruciales para la satisfacción personal, siendo que reunirse con amigos o familiares de dos a tres veces por semana se asocia con niveles de bienestar mucho más altos. Por el contrario, la soledad se relaciona con los niveles más bajos de satisfacción.
El relevamiento se llevó a cabo entre el 3 y el 9 de este mes, incorporando a 999 adultos con acceso a internet en todo el país. A los participantes se les solicitó que calificaran en una escala del uno al cinco su satisfacción en diez áreas distintas, incluyendo relaciones, salud física y mental, tiempo libre, vivienda, educación, propósito y situaciones laborales y económicas.
A partir del promedio de estas calificaciones, se obtuvo un Índice de Bienestar, que arrojó un resultado de 3,34 sobre cinco. Sin embargo, este promedio oculta variaciones significativas según factores como la edad, el lugar de residencia y el estilo de vida.
La calidad de la alimentación fue la variable que mostró la diferencia más marcada durante el estudio. Aquellos que se consideraron con una alimentación muy saludable alcanzaron un índice de 3,80, mientras que los que clasificaron su dieta como poco saludable obtuvieron 2,62. Esta diferencia de 1,18 puntos es significativamente mayor que la observada entre los estratos socioeconómicos extremos. Aunque esto no implica que una dieta balanceada elimine desigualdades ni establece una relación causa-efecto, sí evidencia una correlación fuerte entre los hábitos alimenticios y la evaluación de la propia vida.
Cuando se consultó a los participantes sobre los aspectos que más satisfacción generaban, ni el dinero ni el trabajo ocuparon los primeros lugares. Un 70% de los encuestados se mostró satisfecho con sus relaciones familiares y con quienes conviven, mientras que un 62% valoró positivamente sus amistades y su círculo social.
La frecuencia de los encuentros también corroboró la importancia de estas interacciones. Entre quienes no se reunieron nunca en persona con familiares o amigos externos a su hogar, el índice fue de 2,95 puntos. En contraste, aquellos que se encontraban dos o tres veces a la semana alcanzaron un promedio de 3,66. La calidad del contacto es, por lo tanto, fundamental para el bienestar.
La intimidad demostró igualmente tener un papel importante. Aquellos que no habían tenido relaciones sexuales en el último mes registraron 3,16 puntos, en contraste con 3,59 de quienes lo hicieron entre tres y cinco veces. Este dato puede interpretarse no de forma aislada, sino como parte de una dimensión más abarcativa de cercanía, afecto y conexión.
La actividad física emergió como otro factor que marcó diferencias significativas. Los que no realizaron al menos 30 minutos de ejercicio en la última semana obtuvieron un índice de 2,95, mientras que aquellos que se ejercitaron entre tres y cuatro días alcanzaron 3,65. Curiosamente, el puntaje más alto no correspondió a los que se ejercitaron más, sino a quienes mantuvieron una rutina intermedia, que podría ser más sostenible.
El tiempo al aire libre presentó diferencias parecidas. Las personas que casi nunca interactúan con espacios verdes lograron 2,92 puntos, mientras que quienes lo hacen varios días a la semana alcanzaron 3,69, un registro entre los más altos del estudio.
El sueño también mostró una clara relación con el bienestar. Durante la semana, aquellos que durmieron menos de seis horas registraron 2,97 puntos, en comparación con 3,43 para quienes descansaron ocho. Los fines de semana, la diferencia se amplió: el índice pasó de 2,77 entre quienes dormían menos de seis horas a 3,42 entre los que lo hacían más de ocho.
Por otro lado, el tiempo dedicado a las pantallas y las redes sociales también podría influir. Los que pasaban más de seis horas al día frente a dispositivos registraron 3,07 puntos; mientras que quienes limitaban su tiempo entre dos y cuatro horas, obtuvieron un promedio de 3,44. Esto sugiere que no es necesario eliminar el uso digital, sino moderar su ocupación temporal.
La edad se destacó como una de las variables demográficas más significativas. Los baby boomers y adultos mayores lideraron el índice con 3,66, mientras que los millennials quedaron al final con un puntaje de 3,15. La Generación X logró un promedio de 3,48 y la Generación Z 3,34.
La brecha también se evidenció en el aspecto emocional. En el grupo de los millennials, el 66% reportó haber sentido preocupación el día anterior y el 52% estrés, mientras que solo la mitad aseguró haber tenido un buen descanso. En contraste, entre los boomers, solo el 27% mencionó haber sentido estrés y siete de cada diez afirmaron haber dormido bien.
Las diferencias geográficas también fueron notables. El Sur del país evidenció el nivel de bienestar más alto, con un índice de 3,65, seguido por el NEA con 3,61, mientras que el NOA registró 3,44. En el extremo opuesto, el Gran Buenos Aires tuvo un promedio de 3,32 puntos, mientras que la ciudad de Buenos Aires obtuvo el puntaje más bajo con 2,93.
A pesar de que el estudio reconoce las desigualdades materiales, el segmento socioeconómico ABC1 alcanzó un bienestar promedio de 3,74, frente a 3,20 de los sectores D1D2. Además, la situación económica fue considerada por un 49% de los encuestados como uno de los tres factores más relevantes para sentirse bien, seguida por la salud física con 47% y la salud mental con 46%.
No obstante, las condiciones materiales no explican todo. La diferencia en satisfacción entre quienes consideran su alimentación como muy saludable y quienes la juzgan como poco saludable es mayor que la brecha entre los estratos socioeconómicos. También hay diferencias significativas en relación con el descanso, la actividad física, la conexión con la naturaleza y los encuentros sociales.
Los resultados indican que cada hábito por sí mismo no garantiza un mayor bienestar. Una persona que se siente bien probablemente tiene más energía y recursos para hacer ejercicio, socializar o cuidar su dieta. En resumen, la calidad de vida se define por una multiplicidad de factores, no por una variable aislada.









