La Casa Rosada vive días de contradicciones profundas. Mientras los números económicos le sonríen al programa oficial, el frente político interno y, fundamentalmente, el tablero geopolítico internacional empiezan a mostrar fisuras que amenazan con empañar la celebración gubernamental.
Javier Milei observa cómo el viento de cola internacional que tanto esperaba comienza a cambiar de dirección. Su arquitectura de relaciones exteriores —construida casi con exclusividad sobre un espejo de tres lados— atraviesa horas complejas. Donald Trump, su principal faro en Occidente, por un lado y paralelamente, Benjamín Netanyahu, el otro vértice de su alianza global, estalló en furia contra el presidente norteamericano. La sorpresiva decisión de la Casa Blanca de pactar un abrupto fin de la guerra con el régimen teocrático de los ayatolás en Irán; un acuerdo inconsulto y percibido en Medio Oriente como una virtual capitulación de Washington.
Estas turbulencias externas coinciden con un microclima doméstico donde el oficialismo muestra síntomas de fatiga organizativa y segundas líneas que deambulan sin un norte claro. Un ruido político que amenaza con aguar la fiesta del dato económico más esperado: el desplome del riesgo país.
La paradoja del riesgo país y el techo de Wall Street
Para la Argentina, la compresión de la brecha financiera no es un dato menor: es la llave indispensable para que el Estado y el sector privado recuperen el acceso al crédito internacional de gran volumen. Durante gran parte de la gestión de La Libertad Avanza, el índice osciló en una meseta de entre 550 y 600 puntos básicos; una cifra que, aunque implicaba una mejora respecto de la herencia recibida, seguía funcionando como un cerrojo virtual debido a las tasas prohibitivas que exigían los mercados.
Es innegable el mérito del desplome desde los 1.290 puntos recibidos en diciembre de 2023 hasta la zona de los 430 puntos básicos registrada recientemente. Sin embargo, Wall Street mantuvo durante meses una persistente cautela. Los grandes operadores e inversores de Nueva York repetían el mismo diagnóstico: a pesar de la disciplina fiscal extrema del Gobierno —que busca posicionarse como el alumno más aplicado del FMI—, el techo para seguir bajando estaba impuesto por el alto endeudamiento en dólares, las todavía escasas reservas del Banco Central y, fundamentalmente, la crispación política permanente de la escena local.
La confrontación perpetua como método de gestión tiene el mismo autor que el superávit fiscal o el derrumbe de la inflación: el propio Presidente. Los estrategas de la Casa Rosada parecieron subestimar durante meses cómo el desprecio por los consensos institucionales y el destrato político terminaban pasando factura en las pizarras financieras.
El “efecto Trump” y la odiosa comparación regional
La novedad es que el indicador ahora coquetea con romper la barrera de los 400 puntos, tocando su nivel más bajo desde abril de 2018, en pleno mandato de Mauricio Macri (cuyo récord de gestión fue de 342 puntos en octubre de 2017). Es una marca que el país no registraba desde hace casi una década.
Sin embargo, en el universo económico advierten que no hay margen para el triunfalismo. El reciente acuerdo entre Estados Unidos e Irán trajo un alivio transitorio a nivel global que deprimió los niveles de riesgo de toda América Latina, sin distinción de ideologías. En la comparación regional, los números argentinos siguen exponiendo el largo camino por recorrer. Mientras la Argentina celebra estar cerca de los 378 puntos de Ecuador, el Brasil de Lula da Silva promedia los 175 puntos, el México de Claudia Sheinbaum se ubica en 204 y el Perú de la inestabilidad crónica registra 134 puntos. En los extremos, Chile ostenta apenas 87 puntos y el Uruguay de Yamandú Orsi navega en una envidiable Pax financiera de entre 50 y 70 puntos básicos.
La inflación: el verdadero trofeo de la góndola
Quizás el laurel más legítimo de Milei no sea el riesgo país, sino la inflación, que este mes amaga con perforar el piso del 2%. Aunque sigue siendo una cifra alta para los estándares internacionales, el contraste con el 211% anual (y el 18% mensual) heredado del gobierno anterior es brutal. El país no registraba una desaceleración de esta magnitud desde la gestión de Roberto Lavagna a mediados de los 2000, previo a la intervención del Indec por parte de Guillermo Moreno.
A diferencia de aquellos años de estadísticas tuteladas, el termómetro actual se valida en las góndolas. Milei aún no puede ofrecer la inflación cero de la convertibilidad de Domingo Cavallo en 1995, pero el terreno ganado en la estabilidad de precios es, hasta aquí, su mayor capital político.
Un frente externo que se desmorona
La gran incógnita que desvela al poder es la durabilidad de esta primavera. El destino de Donald Trump en el Salón Oval se ha vuelto indescifrable tras el controvertido cierre del conflicto iraní. La prensa internacional coincide en que Washington pagó un costo desproporcionado: la ofensiva militar no logró deponer a la teocracia —que capitalizó el ataque para profundizar la represión interna bajo el lema de la cohesión nacional— ni frenar el avance nuclear, reteniendo unos 450 kilos de uranio enriquecido al 60%, a un paso de la escala necesaria para la bomba atómica.
Para peor, Irán —responsable de los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA en Buenos Aires— consolidó su control sobre el estratégico Estrecho de Ormuz, jaqueando la logística del petróleo mundial. El cálculo de la Casa Blanca, que preveía una resolución veloz al estilo de la captura de Nicolás Maduro en Caracas, falló por completo.
Este fracaso ha dinamitado la fisonomía del “bloque de derecha” con el que Milei soñaba integrarse al mundo. Trump no solo rompió con Netanyahu; también atacó con dureza a la italiana Giorgia Meloni, tildándola de “cobarde” luego de que la primera ministra defendiera al Papa ante los cuestionamientos de Washington y se negara a involucrar a su país en la escalada bélica de Medio Oriente.
Argentina, desprovista de peso específico para mediar en semejante ajedrez, asiste al espectáculo como un observador vulnerable. La erosión de la popularidad de Trump de cara a las elecciones legislativas norteamericanas de mitad de mandato ensombrece el horizonte local. Un Trump debilitado en el Congreso será un aliado de poco peso para las ambiciones de Milei de cara a su propia reválida electoral en 2027. En ese escenario, depender del auxilio financiero del Tesoro norteamericano pasará de ser una certeza a una apuesta de altísimo riesgo. Al final del día, el mejor salvavidas para el proyecto del Presidente podría no estar en Washington ni en Olivos, sino en su propia capacidad para inyectar una dosis de sosiego a la política vernácula.









