Durante su intervención en el Bilateral Energy Summit que tuvo lugar en Houston, Horacio Marín, presidente de YPF, afirmó que “no hay lugar en el mundo donde se vaya a invertir tanto como en Vaca Muerta” y anticipó inversiones que ascenderán a USD 130 millones en los próximos años. Además, reiteró que Argentina logrará alcanzar el millón de barriles de petróleo por día este año y proyectó que las exportaciones anuales llegarán a USD 30 mil millones para 2031; cifra que coincide con el aporte del sector agropecuario a las exportaciones del año anterior.
En su reporte del 4 de mayo, la consultora Empiria, bajo la dirección del exministro Hernán Lacunza, señala que las exportaciones totales de Argentina incrementarán un 9% en 2025, alcanzando los 87 mil millones de dólares. De esta cifra, 30 mil millones provendrán del campo; 23 mil millones de la industria; 22 mil millones de los productos primarios, y 11 mil millones en combustibles y energía. De este modo, Marín considera que Vaca Muerta funcionará como una “segunda turbina” para la economía argentina, generando divisas con un impacto equivalente o superior al del sector agropecuario.
Sin lugar a dudas, la riqueza del subsuelo neuquino y el potencial de la cuenca de Vaca Muerta no están en debate. La verdadera incógnita radica en la capacidad de las élites políticas y económicas de Argentina para convertir esa riqueza en desarrollo y crecimiento. A nivel mundial hay ejemplos de países que han hecho esto efectivamente, como Australia, así como otros que no lo han logrado, o que ni siquiera lo han intentado, como Angola. “El problema del desarrollo no es exclusivamente un problema de recursos, es más bien, un problema de decisiones políticas”, afirma la politóloga Mara Pegoraro.
Australia, en la década de 1970, dio inicio a un proceso de reconfiguración estructural que se afianzó con las reformas Hawke-Keating durante los años 80. El país logró desarticular una matriz económica cerrada y poco eficiente, que presentaba aranceles manufactureros superiores al 25%, convirtiéndose en una economía abierta y competitiva. Este cambio no fue el resultado de una terapia de choque improvisada, sino de un proceso gradual de 30 años que permitió a Australia disfrutar de 28 años de crecimiento económico ininterrumpido hasta la pandemia, un récord sin igual entre las naciones desarrolladas.
Por el contrario, Angola representa el ejemplo opuesto: abundancia de recursos, instituciones débiles, captura de la renta por parte de élites, inestabilidad política y una transformación escasa.









